Narciso (mitología)

personaje de la mitología griega

En la mitología grecorromana, Narciso (en griego antiguo: Νάρκισσος) era un hermoso joven que despreciaba el amor y que, según la tradición clásica, terminó enamorado de su propia imagen al verse reflejado en el agua.[1] Se trata de una historia moral en la que el orgulloso e insensible Narciso es castigado por los dioses por haber rechazado a sus pretendientes. Se cree que es una historia moralizante dirigida a los adolescentes griegos de la época.[2]

Óleo en lienzo atribuido en 1913 a Caravaggio

Los literatos dicen que Narciso era hijo de Cefiso y Liríope,[3] o que su padre fue Amarinto,[4] o bien sus padres fueron Selene y Endimión.[5] Pausanias dice que era natural de Tespias[6] e Higino alega que Narciso fue uno de los efebos más hermosos que pisaron la tierra.[7] Aunque su mito fue popularizado especialmente en la época romana, este personaje acabó dando nombre a la flor homónima y a los términos en español ‘narciso’ (hombre vanidoso) y ‘narcisismo’.[8]

En Las metamorfosis

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Eco y Narciso, pintura de John William Waterhouse (1903)

Narciso era hijo de la ninfa azul Liríope y del dios fluvial Cefiso. Había nacido con una belleza extraordinaria, por lo que su madre había consultado al adivino Tiresias para saber si viviría muchos años. El adivino había respondido que sí, siempre que Narciso «no llegara a conocerse a sí mismo». La profecía había parecido absurda durante mucho tiempo, pero acabaría cumpliéndose. Al llegar a los dieciséis años, Narciso había despertado el amor de numerosos jóvenes y muchachas, pero rechazaba a todos debido a su orgullo. Entre sus admiradoras se encontraba Eco, una ninfa castigada por Juno, que le había quitado la capacidad de hablar libremente y la había condenado a repetir únicamente las últimas palabras que escuchaba.[9]

Eco se había enamorado de Narciso y lo había seguido por el bosque. Cuando él había preguntado si había alguien allí, ella había repetido sus palabras y, mediante aquel juego de voces, Narciso la había invitado a acercarse. Eco había salido de su escondite para abrazarlo, pero él la había rechazado cruelmente. Humillada, se había retirado a los bosques y las cavernas, donde su cuerpo se había consumido por el dolor hasta que solo habían quedado su voz y sus huesos. Desde entonces, solo podía oírse su voz repitiendo las palabras de los demás. Narciso había rechazado también a otros jóvenes y ninfas. Uno de los despreciados había pedido que Narciso llegara a amar a alguien sin poder poseerlo, y Némesis había escuchado aquella petición.[9]

Un día, después de cazar, Narciso había llegado sediento a un manantial de aguas cristalinas y nunca perturbadas. Al inclinarse sobre el agua para beber, había contemplado su propio reflejo y había quedado fascinado por su belleza. Sin reconocer que era él mismo, se había enamorado de aquella imagen. Había admirado sus ojos, cabellos, mejillas, cuello y boca, y había intentado besarla y abrazarla, pero cada vez que tocaba el agua, la imagen desaparecía. Finalmente había comprendido que aquella figura era su propio reflejo y que él mismo era el objeto de su amor. Lo que deseaba estaba siempre junto a él, pero nunca podía poseerlo. A pesar de saberlo, no había conseguido apartarse del manantial. Había permanecido contemplándose, consumido por una pasión imposible, hasta comprender que su amor lo estaba llevando a la muerte.[9]

Cuando sus lágrimas habían alterado la superficie del agua, la imagen había desaparecido y Narciso le había suplicado que no lo abandonara. Ya debilitado, se había ido consumiendo poco a poco, como la cera bajo el calor del sol. Eco, que todavía lo amaba, había repetido sus últimos lamentos. Finalmente, Narciso había dejado caer la cabeza sobre la hierba y había muerto mientras contemplaba por última vez su propia imagen. Las náyades y las dríades habían llorado su muerte, y Eco había repetido sus lamentos. Cuando habían preparado la pira funeraria, habían descubierto que el cuerpo de Narciso había desaparecido. En su lugar había aparecido una flor de color azafranado con hojas blancas: el narciso, nacido del joven que había muerto consumido por el amor de su propia imagen.[9]

Otras fuentes mitográficas

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Eco y Narciso, pintura de Placido Costanzi

En Pausanias

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En la más alta cima del Helicón hay un río pequeño, el Lamo. En el territorio de Tespias está lo que llaman Donacón. Allí está la fuente de Narciso, en cuya agua dicen que Narciso se vio, y, no comprendiendo que veía su propia imagen, se enamoró de sí mismo sin darse cuenta, y murió de amor en la fuente.[6]

Hay otra leyenda referente a él, menos conocida que la anterior, pero también transmitida, que dice que Narciso tuvo una hermana gemela, totalmente igual en aspecto; ambos tenían la misma cabellera, se vestían con ropa igual e iban a cazar juntos. Narciso se enamoró de su hermana, y, cuando murió la muchacha, acostumbraba a ir a la fuente sabiendo que veía su silueta, pero, aunque lo sabía, tenía un consuelo para su amor, porque imaginaba que veía no su propia imagen, sino la de su hermana. La flor del narciso ya la producía antes la tierra, si juzgamos los versos de Panfo. En efecto, había nacido muchos años antes que Narciso de Tespias, y dice que Core, hija de Deméter, fue raptada mientras jugaba y recogía flores y fue engañada no con violetas sino con narciso.[6]

En Conón

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Se dice que en Tespias, Beocia, nació un niño, Narciso, muy apuesto y desdeñoso tanto con Eros como con sus amantes. Mientras que todos los demás amantes lo intentaron y acabaron por rendirse, Aminias siguió insistiendo y suplicando. Narciso no cedió y, en su lugar, le envió una espada. Se quitó la vida en la puerta de Narciso, tras suplicar al dios que lo vengara. Narciso vio su propia imagen y figura reflejadas en el agua de un manantial y se convirtió en su primer y único amor verdadero, un amor antinatural. Finalmente, perdido y pensando que sufría justamente por haber insultado el amor de Aminias, se quitó la vida. Y a partir de ahí, los tespios honran y veneran especialmente a Eros, y aprendieron a ofrecerle sacrificios tanto en los rituales comunes como en privado. Los lugareños creen que la flor de narciso brotó por primera vez en aquel terreno donde se derramó la sangre de Narciso.[10]

Narciso, de Paúl Dubios (1866)

En Filóstrato

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Filóstrato el Viejo describe un cuadro en el que Narciso aparecía junto a una fuente después de terminar su jornada de caza, contemplando fascinado su propio reflejo en el agua sin comprender que la figura de la que se había enamorado era él mismo. La escena mostraba una fuente rodeada de vegetación, flores, pájaros y elementos asociados a Dioniso, representados con gran realismo. Filóstrato destacaba especialmente el contraste entre Narciso y su reflejo: el joven aparecía inmóvil, apoyado en su jabalina y con expresión de enamorado, mientras su imagen reproducía casi exactamente su figura. Así, parecían existir dos Narcisos enfrentados, aunque el segundo no era más que el reflejo del primero.[11]

En Partenio de Nicea

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La aparente originalidad de Ovidio al retratar la transformación de Narciso en las Las metamorfosis dio un vuelco histórico en el año 2004, cuando el Dr. Benjamin Henry descifró un fragmento de los papiros de Oxirrinco. Este manuscrito helenístico, atribuido al poeta griego Partenio de Nicea y redactado unos cincuenta años antes de la era cristiana, demostró ser la pieza perdida que conecta la antigua tradición moralizante de Grecia con la sensibilidad elegíaca de Roma. El papiro redefinió nuestra comprensión de la literatura latina, confirmando que la obra cumbre de Ovidio no nació de una invención aislada, sino de una asimilación y estilización de la poesía griega tardía.[12][13]

«Tenía un corazón cruel y los odiaba a todos, hasta que sintió amor por su propia imagen: se lamentó al ver su rostro, tan encantador como un sueño, reflejado en un manantial; lloró por su belleza. Entonces, el muchacho derramó su sangre y se la entregó a la tierra... para que la acogiera».[12]

Referencias

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  1. ↑ Pierre Grimal: Diccionario de mitología griega y romana, voz «Narciso»
  2. ↑ Filólogos franceses de la escuela estructuralista (como Jean-Pierre Vernant o Pierre Vidal-Naquet) han analizado cómo figuras como Narciso o Ícaro encarnan el "fracaso de la transición". El adolescente griego debía transicionar hacia la edad adulta integrándose en la sociedad (el matrimonio o la guerra); el narcisismo o ensimismamiento es un bloqueo en ese rito de paso, pues el joven prefiere quedarse contemplando su propia juventud impúber antes que madurar.
  3. ↑ Ovidio: Las metamorfosis III, 342-343
  4. ↑ Probo, sobre las Églogas de Virgilio II, 48
  5. ↑ Nono: Dionisíacas 48, 581 ss.
  6. 1 2 3 Pausanias: Descripción de Grecia IX 31, 7-9
  7. ↑ Higino: Fábulas, 271
  8. ↑ ASALE, RAE-. «narciso | Diccionario de la lengua española». «Diccionario de la lengua española» - Edición del Tricentenario. Consultado el 25 de septiembre de 2026.
  9. 1 2 3 4 Ovidio: Las metamorfosis III, 339-510
  10. ↑ Conón: Narraciones, 24; extraído de la Biblioteca de Focio
  11. ↑ Filóstrato el Viejo: Descripciones de cuadros I, 23
  12. 1 2 Papiro de Oxirrinco LXIX, 4711
  13. ↑ POxy Oxyrhynchus Online

Bibliografía

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Enlaces externos

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